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La Isla de Flannan está tan sola como el misterio que guarda. Un pedazo de roca azotado por el viento y el mar, al oeste de Escocia, donde la vida siempre ha sido improbable. Allí se levanta un faro, blanco y rígido, plantado en 1899 para evitar naufragios en un mar que no perdona. Dos años después, el faro ya era leyenda.


Era diciembre de 1900 cuando el barco de relevo, el Hesperus, llegó a la isla con provisiones y personal de reemplazo. Desde la cubierta, los marineros notaron algo extraño: no había humo saliendo de la chimenea. Nadie esperaba en el muelle. Ni una señal de vida. Subieron la colina. Golpearon la puerta del faro. Silencio.

Lo que encontraron dentro les heló más que el viento del Atlántico. La mesa estaba servida para la cena. Una silla caída. Un reloj parado. Los impermeables colgados… salvo uno. Las lámparas estaban limpias y llenas de aceite. Todo parecía ordenado, pero los tres fareros, Thomas Marshall, James Ducat y Donald MacArthur, no estaban. Nunca más volverían a ser vistos.


Se organizaron búsquedas, inspecciones, interrogatorios. Nada. Las entradas del diario del faro hablaban de una tormenta terrible días antes, aunque no hubo registro de tal tormenta en otras islas cercanas. El último apunte era desconcertante: “La tormenta ha pasado, todo está en calma. Dios está sobre todos”.

La versión oficial fue que una ola gigante los arrastró al mar mientras aseguraban el equipo. Pero la puerta del faro estaba cerrada desde dentro. Y uno de los tres, MacArthur, según las normas, jamás debía abandonar el interior. Aún hoy, más de un siglo después, la desaparición de los tres hombres sigue sin explicación convincente.

El faro fue automatizado en los 70. Ya no hay guardianes. Solo turistas curiosos y marinos que aún cuentan la historia de los hombres que desaparecieron sin dejar ni un grito. Ni un cuerpo. Ni una señal. Nada.


En la Isla de Flannan, el viento sigue soplando. Pero nadie responde.

"A veces, lo que da mas miedo, es la ausencia total de explicación."


En los acantilados azotados por el viento de Poldhu, al suroeste de Inglaterra, no hay rastro de los gigantes que una vez se alzaron allí. Pero hace más de un siglo, donde hoy solo pastan ovejas y gaviotas, una estructura metálica apuntaba al cielo con la ambición de tocar el otro lado del mundo.

Era 1901. Guglielmo Marconi, ingeniero autodidacta, hijo de una aristócrata irlandesa y un empresario boloñés, ya había logrado enviar señales de radio a varios kilómetros de distancia. Pero su obsesión era mayor: demostrar que las ondas electromagnéticas podían cruzar el Atlántico, algo que la mayoría de físicos —incluido Lord Kelvin— consideraban imposible. Las teorías decían que la curvatura de la Tierra impedía que las ondas viajaran tan lejos. Pero Marconi tenía una corazonada… y una intuición que la ciencia aún no había teorizado del todo: la atmósfera, quizás, podía ayudar.

En una vieja granja reconvertida en laboratorio, en Poldhu, Marconi y su equipo construyeron una enorme antena de 60 metros de altura, sostenida por mástiles y cables tensores que parecían el esqueleto de una catedral moderna. Desde ahí, usando un generador rotatorio, enviaban poderosas descargas eléctricas a través de un oscilador que modulaba las señales en código Morse. La instalación era tan poderosa que, en sus primeras pruebas, incendió los circuitos. Tuvieron que empezar de nuevo.



Mientras tanto, en St. John's, Terranova, al otro lado del océano, Marconi instaló un receptor rudimentario: una antena improvisada hecha con un hilo de cobre sujeto a una cometa —demasiado frágil para instalar torres en aquel clima— y unos auriculares conectados a un coherer de Branly, el primer detector efectivo de ondas de radio. Aquel 12 de diciembre de 1901, a las 12 del mediodía, los operadores en Poldhu comenzaron a emitir una simple letra: “S” en código Morse (tres puntos cortos), cada pocos segundos.


De repente, en medio del zumbido estático y el viento del Atlántico canadiense, Marconi escuchó algo. Tres chasquidos. Una “S”. Las ondas habían viajado más de 3.500 kilómetros, rebotando en la ionosfera (aunque entonces aún no sabían que esa capa atmosférica existía). Era la primera vez que un mensaje cruzaba un océano sin cables. La primera comunicación verdaderamente global. Y aunque no hubo grabación, ni demostración pública, el mundo cambió para siempre en ese momento.

Hoy, en el lugar donde se alzó aquella casa transmisora, se encuentra una simple placa y un pequeño museo. Las antenas se han ido. El silencio ha vuelto. Pero si uno cierra los ojos, y deja que el viento sople con fuerza desde el oeste, quizás escuche lo mismo que Marconi escuchó: el sonido del futuro, cuando aún no tenía forma.

"Este pequeño museo, fue la cuna donde el aire, se lleno de palabras."


Ernest Henry Shackleton o Sir Shackleton era un explorador anglo-irlandés obsesionado con llegar a alcanzar polo sur en la Antártida. Inicio sus exploraciones con "La expedición Discovery" o expedición antártica británica de 1901-1904, fue la primera expedición oficial de los británicos a la Antártida en el siglo XX y tuvo un rotundo éxito debido a sus hallazgos científicos en muchos campos, en zoología, se descubrió el pingüino emperador, en geología, se hallaron los valles secos de McMurdo, y también se hicieron otros hallazgos en biología, magnetismo y meteorología muy importantes. Sin embargo, Ernest Shackleton tuvo que regresar antes de acabar por motivos de salud, sintiéndolo como un fracaso personal.

Tal fue el éxito, que se siguió con las exploraciones oficiales británicas al continente helado. 

Esta vez, se inicio "La expedicion Nimrod" o expedición antártica británica de 1907-1909, dirigida ahora por Shackleton quien previamente había publicado este curioso anuncio en el Times:


“Busco voluntarios para un viaje peligroso. Se ofrece: Sueldo exiguo, frío intenso y se garantizan largas horas en absoluta oscuridad. 
Un regreso incierto. Honores y reconocimiento en caso de finalizar el viaje con éxito.”

Sin embargo y a pesar del éxito de la primera misión, ya no había nada nuevo aparentemente y la expedición finalmente no tuvo ni apoyos ni financiaciones gubernamentales o institucionales y su soporte fueron fondos privados y contribuciones individuales.

La expedición fue nuevamente un éxito y aunque llegaron al punto más al sur, no alcanzaron el polo sur que se quedo a escasos 180 kilómetros.


Shackleton se sintió nuevamente con la necesidad de volver para lograrlo, llevando a cabo su última gran aventura, La expedición Endurance 1914-1917.

El 1 de Agosto de 1914, Shackleton a bordo del Endurance, estaba decidido a llegar al polo sur a través de la bahia Vahsel, sin embargo, esta vez los planes se iban a torcer para el. El barco quedo atrapado y fue triturado por el hielo en las costas antárticas, hundiéndose finalmente el 21 de Noviembre de 1914.



Decidieron trasladarse por la superficie helada del mar de Weddell rumbo a la isla Paulet, a 550 kilómetros, pero las corrientes marinas hicieron imposible que alcanzaran su objetivo. Entonces, "El jefe", como llamaban a Shackleton, cambio su rumbo para dirigirse a la isla Elefante, los hombres no dudaron ni un segundo y alcanzaron la isla a mediados de Abril.


Una vez allí Shackleton y cinco hombres subieron en un pequeño bote para recorrer 1200 kilometros hasta la base ballenera de la isla de San Pedro. 16 días más tarde, llegaron a la isla y 36 horas después, tras 35 kilómetros cruzando montañas de mas de 1200 metros de altura, alcanzaron la base ballenera.


El 30 de Agosto de 1915, Shackleton regresaba en un remolcador chileno a la isla Elefante para recoger a sus hombres, sorprendentemente todos regresaron a Inglaterra sanos y salvos de un viaje en el que la escasez de comida casi acaba con todos, hasta tuvieron que alimentarse de sus perros trineo, que fueron sacrificando con muchísima pena poco a poco para ir abasteciéndose controladamente.


Nunca quedo mejor demostrado el valor del trabajo en equipo y el poder del liderazgo para el logro de los objetivos más difíciles. Después de todo esto, no puede decirse que Shackleton fracasara nuevamente.

Puedes ver el documental Atrapados en el hielo, es muy interesante pues fue una expedición completamente documentada.

"El hielo partió el barco… pero no logró quebrar la voluntad."

Wikipedia: Ernest Shackleton | Bahía Vahsel | Exploraciones a la Antartida.

Los puentes, una de mis construcciones favoritas (hace unos meses hablamos de los puntes vivos de Cherranpunjee en la India en este post), están por todo el planeta repartidos gracias a siglos de historia.

Vamos a situar estas coordenadas en uno especial, nada impresionante para la vista, pero particularmente hermoso cuando se conoce algo más sobre su origen de otra era. Se trata del puente Clam en el condado Lancashire, en Inglaterra. 

En el poblado Wycoller concretamente, se encuentra este puente que cruza el arroyo de mismo nombre que el poblado.


Se cree que se construyó en el Neolítico, pero debido a que ha sido rehabilitado cientos de veces a lo largo de los siglos, es imposible saber su fecha con exactitud. Los expertos dicen que tiene 10.000 años de antigüedad.


Siempre queda la duda de si es una roca caída ahí de forma natural, o colocada por los humanos intencionadamente.

Los expertos se han apoyado en el resto de monolitos que aún siguen en pie en Wycoller, poblado con al menos 3.000 años de historia según los textos, y la ruta que une el puente para conectar Wycoller y cruzar el valle, para afirmar que es un puente artificial y el puente más antiguo aun visible en todo el planeta, esta última afirmación, yo no me aventuraría a hacerla.

Pero aun sin aventurarme, esta conclusión, lo hace, como he dicho al principio, particularmente hermoso.

"Este puente une lo que ya no somos con lo que aún recordamos."



Wikipedia: Puente Clam | Neolítico.