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Cuando uno se detiene en el Paso de Khyber, entre las montañas ásperas que separan Afganistán de Pakistán, no se encuentra simplemente en un lugar remoto. Se encuentra en un pasadizo por donde ha transitado la historia del mundo.


No es exageración: cada piedra, cada curva de este desfiladero ha visto pasar ejércitos que cambiaron imperios y dieron forma a civilizaciones enteras. Aquí marchó Alejandro Magno con su ambición incandescente, cuando buscaba someter al legendario este; aquí irrumpieron los persas, los mongoles, los ejércitos de Gengis Kan, y más tarde los británicos con su afán colonial. Cada paso en este corredor angosto parece todavía resonar con los ecos de tambores de guerra, cascos de caballos, gritos de mando.


Los siglos transformaron poco su esencia. Las tribus que viven en estas tierras, endurecidas por el sol implacable y la dureza del terreno, han visto y resistido invasiones sin fin. En el siglo XIX, los británicos aprendieron dolorosamente lo que significaba enfrentarse a quienes dominaban este paso. La retirada de Kabul, una de las grandes derrotas del Imperio Británico, terminó aquí en una masacre casi total. Solo un médico alcanzó la seguridad del fuerte británico, testigo mudo del desastre.

Pero no todo en Khyber es guerra. También fue ruta de comerciantes, peregrinos y soñadores. Por aquí discurrieron caravanas de camellos cargadas de seda, de especias, de misterios. Era una arteria vital de la Ruta de la Seda, conectando mundos distintos en un lazo de intercambio y mutua influencia.


Hoy el Paso de Khyber sigue custodiado, y no es un lugar sencillo de visitar. Las tensiones modernas lo mantienen vigilante, como si el mismo suelo recordara su pasado y se negara a ser simplemente un sitio más. Pararte allí, respirar su aire seco y mirar hacia el horizonte montañoso, es sentir no solo el peso de la historia, sino la certeza de que en esos caminos polvorientos se escribió una parte esencial de lo que somos hoy.

"Caminar por el Khyber es caminar sobre siglos de huellas invisibles."

Wikipedia: Paso de Khyber.

A 230 kilómetros de Kabul, en el valle de Bamiyán, se encontraban dos enormes budas que representaban el esplendor de la religión budista en zonas de Afganistán allá por el siglo V.


El valle de Bamiyán, en pleno recorrido de la ruta de la seda, contaba, según describió un peregrino budista chino en el año 630 d.C., con mas de 10 monasterios y un millar de monjes viviendo en las cuevas de los acantilados, decoradas todas con oro y finas joyas además de monumentos religiosos.

Las dos estatuas más notables eran los budas gigantes de 37 y 55 metros reconocidos por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad, sin embargo, trás 1500 años en pie, llegó su destrucción en 2001 a manos del régimen islámico talibán que las consideraba contrarias al Corán.


Mirza Hussain, un prisionero de Bamiyán, fue obligado por un comandante talibán a colocar explosivos y destruir las estatuas, les llevaron 25 días de explosiones acabar con ellas, durante este periodo, el Ministro de Información talibán, Qudratullah Jamal, bromeó sobre la dificultad que representaba la destrucción de las estatuas.

"Este trabajo de destrucción no es tan fácil como la gente quiere pensar. No se puede bombardear así como así las estatuas, puesto que ambas fueron talladas en un acantilado, están firmemente pegadas a la montaña."



Destruir la historia y los orígenes... una verdadera pena...

En la actualidad, el gobierno japonés se esta encargando de la reconstrucción de estos dos grandes budas.

"En cada piedra que cayó, se perdió una página que ya nadie volverá a leer."